Verano del 2007, uno de los peores veranos de mi vida. No, no es que de repente me haya vuelto fatalista; tampoco es que el mundo se haya puesto en mi contra y me haya ocurrido alguna desgracia, es más bien ver cómo tu vida se empieza a desmoronar ladrillo a ladrillo sin que te des cuenta, y de repente un día ves que de tu casa no quedan más que escombros. Poco a poco veo como la argamasa que sujetan mis cimientos se va pudriendo.
Madrid, todo el verano en la ciudad de las ánimas sin rumbo. Puede que estar todo un verano en tu ciudad no sea lo peor que te pueda ocurrir; total, existen miles de formas de divertirse… pero no, mi Madrid no es el Madrid que conocía. Los amigos, sí aquellos de siempre, cada vez nos vemos menos y menos, si yo pensaba que el verano iba a servir para arreglar un poco la situación y vernos más a menudo la realidad es que ha sido más bien para todo lo contrario. La relación cada vez es más y más lejana, puede que sigamos teniendo confianza los unos con los otros, pero siento que no es como antes, veo que llegará un día en que ya apenas nos saludemos siquiera.
Universidad, sí, puede que este año sea uno de los que más hayamos estrechado lazos los unos con los otros, pero lejos está de ser un grupo íntimo. Cada persona tiene su “verdadero” grupo de amigos fuera de la facultad. No digo que nos llevemos mal, ni mucho menos, puede que salgamos de fiesta y todo ese rollo, pero no es el grupo de amigos donde vayas a contarles tus problemas mientras te tomas un café; eso lo echo en falta. También he de hacer un inciso, y es que he de decir que al menos con dos de ellos si me puedo considerar algo más acercado, aunque quizás eche de menos ver alguna película que otra más con ellos.
Puede que mi única solución sea el amor, aunque lejana faceta veo yo ésta. ¿Soy exigente? Eso dicen, aunque no, la realidad es que ya apenas se ven personas decentes. Sé que existen, pero es tan difícil encontrarlas que muchos ya piensan que no existen. Quizás debería hacer como la mayoría y arrejuntarme con una persona por la cual sienta afecto para compartir experiencias juntos, a la gente dice que le llena. Por desgracia soy una persona que siempre ha creído que para estar con una persona has de amarla.
Grano a grano, por algún lugar del camino el montón de arena ha ido desapareciendo, cruda realidad mayor que ver como de repente todo se te viene en cima, pues ahí al menos eres consciente de lo ocurrido y puedes poner remedio a tiempo.
Estoy deseando que llegue octubre y romper un poco con todo esto.
Saludos si es que existe algún lector que me lea.
jueves, 23 de agosto de 2007
miércoles, 15 de agosto de 2007
La noche de los feos - Mario Benedetti
I
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
"¿Qué está pensando?", pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"
"Sí", dijo, todavía mirándome.
"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."
"Sí."
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."
"¿Algo cómo qué?"
"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
"Vamos", dijo.
II
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
"¿Qué está pensando?", pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"
"Sí", dijo, todavía mirándome.
"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."
"Sí."
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."
"¿Algo cómo qué?"
"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
"Vamos", dijo.
II
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
domingo, 29 de julio de 2007
Ser o no ser
¡Ser o no ser; he aquí la cuestión! ¿Cuál es más digna acción del ánimo: sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades y darles fin con su atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza...? Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ver aquí el grande obstáculo; porque el considerar qué sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito, de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios, cuando el que esto sufre pudiera procurar su quietud con sólo un puñal? ¿Quién podría tolerar opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta, si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la muerte, aquel país desconocido, de cuyos límites ningún camino torna, nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan antes que ir a buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes: así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia; las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan y se reducen a designios vanos.
Hamlet
Hamlet
sábado, 14 de julio de 2007
Mythologia 6: La caja de Pandora
Los dioses encargaron a los hermanos Prometeo y Epimeteo que crearan a los animales y al hombre y que les dieran los recursos necesarios para sobrevivir. Epimeteo creó a todos los animales. Prometeo modeló cuidadosamente a los hombres con una mezcla de tierra y agua, procurando que se parecieran a los dioses.
Epimeteo pidió a Prometeo que le permitiese distribuir las cualidades de los animales:
- Una vez que yo haya hecho la distribución -le dijo- tú la revisas.
Epimeteo, con el permiso de Prometeo, comenzó el reparto. A unos les daba fuerza, pero no rapidez, que se la daba a los más débiles, a otros armas, a los que proporcionaba un cuerpo pequeño les daba alas para volar, a otros un cuerpo grande para que pudieran defenderse. Así, de forma equitativa, fue distribuyendo todas las facultades para que todas las especies pudieran sobrevivir. Después los cubrió de pelo espeso y piel gruesa para protegerlos del frío del invierno y del calor del verano. Para que pudieran moverse con comodidad a algunos les puso en los pies cascos y a otros una piel gruesa. Para que se alimentaran a unos les dio hierbas de la tierra; a otros frutos de los árboles y a otros raíces y hubo especies a las que permitió alimentarse con la carne de otros animales. A los animales que eran comidos por otros animales les concedió una gran fecundidad para evitar que su especie desapareciera.
Epimeteo, que no era muy listo, gastó, sin darse cuenta, todas las cualidades en los animales más brutos y dejó a la especie humana sin facultades.
Cuando llegó Prometeo para revisar el trabajo de Epimeteo vio a todos los animales armoniosamente equipados y al hombre, en cambio, desnudo, sin calzado, sin abrigo y sin armas para defenderse.
Se acercaba el día en el que los hombres debían vivir en la tierra y Prometeo que amaba a los hombres les concedió el fuego para que pudieran sobrevivir y les enseñó a respetar a los dioses. Los hombres, como estaban hechos a semejanza de los dioses, adquirieron la capacidad de articular sonidos, vocales, palabras y nombres, inventaron viviendas, vestidos, calzado y aprendieron a obtener alimentos de la tierra.
Un día Prometeo sacrificó un gran toro a los dioses e intentó, como siempre, favorecer a los hombres, aunque tuvo que engañar a los dioses. Para conseguirlo hizo dos partes con el asado. En un montón escondió la carne bajo una capa de huesos y tendones, en el otro montón puso el resto de los huesos y los cubrió con apetitosa grasa. Dejó entonces elegir a Zeus la parte que comerían los dioses. Zeus eligió el plato de huesos y Prometeo se quedó con el plato de carne para los hombres.
Zeus, enfadado por el engaño, quitó a los hombres el fuego.
Prometeo, apenado por los hombres, trepó al monte Olimpo y robó a Atenea la sabiduría de las artes y a Hefesto el fuego de su forja. De este modo recibieron los hombres los conocimientos y los recursos necesarios para conservar la vida.
EL CASTIGO DE ZEUS:
Para vengarse de Prometeo por esta segunda ofensa, Zeus ordenó a Hefesto que creara la primera mujer de la tierra.
Hefesto modeló con arcilla una bellísima mujer que se llamó Pandora. Cuando Zeus le infundió vida la belleza de Pandora impresionó a todos los dioses del Olimpo y cada dios le fue concediendo una cosa. Atenea la dotó de sabiduría, Hermes de elocuencia y Apolo de dotes para la música. El regalo de Zeus consistió en una hermosa caja, que se suponía contenía tesoros para Prometeo, pero le dijo a Pandora que la caja no podía abrirse bajo ningún concepto, lo que Pandora prometió a pesar de su curiosidad.
Pandora y su caja fueron ofrecidos a Prometeo, pero este no se fiaba de Zeus y no quiso aceptar los regalos. Para que Zeus no se ofendiera Prometeo entregó ambos regalos a su hermano Epimeteo y le dijo que guardara bien la llave de la caja para que nadie pudiera abrirla. Cuando Epimeteo conoció a Pandora se enamoró locamente y se casó con ella, aceptando la caja como dote.
Un día Pandora, que era muy curiosa, no pudo aguantar más, le quitó la llave a Epimeteo y abrió la caja, de la que salieron cosas horribles para los seres humanos como enfermedades, guerras, terremotos, dolor, hambre y otras muchas calamidades.
Al darse cuenta de lo que había hecho, Pandora intentó cerrar la caja, pero sólo consiguió retener dentro la esperanza que, desde entonces, ayuda a todos los hombres a soportar los males que se extendieron por toda la tierra.
PROMETEO ENCADENADO:
El castigo de Prometeo fue horrible. Zeus ordenó a Hefesto que lo encadenara a una roca del monte Cáucaso, donde todos los días enviaba a un águila, hija de los monstruos Tifón y Equidna, para que se comiera el hígado de Prometeo. Como Prometeo era inmortal, su hígado volvía a crecer cada noche, y el águila volvía a comérselo cada día. Este castigo debía de durar toda la eternidad pero cuando habían transcurrido treinta años, Heracles pasó por el lugar de cautiverio de Prometeo de camino al jardín de las Hespérides y mató con una flecha al águila. Zeus perdonó a Prometeo aunque le condenó a llevar las cadenas y la roca durante toda la eternidad.
Epimeteo pidió a Prometeo que le permitiese distribuir las cualidades de los animales:
- Una vez que yo haya hecho la distribución -le dijo- tú la revisas.
Epimeteo, con el permiso de Prometeo, comenzó el reparto. A unos les daba fuerza, pero no rapidez, que se la daba a los más débiles, a otros armas, a los que proporcionaba un cuerpo pequeño les daba alas para volar, a otros un cuerpo grande para que pudieran defenderse. Así, de forma equitativa, fue distribuyendo todas las facultades para que todas las especies pudieran sobrevivir. Después los cubrió de pelo espeso y piel gruesa para protegerlos del frío del invierno y del calor del verano. Para que pudieran moverse con comodidad a algunos les puso en los pies cascos y a otros una piel gruesa. Para que se alimentaran a unos les dio hierbas de la tierra; a otros frutos de los árboles y a otros raíces y hubo especies a las que permitió alimentarse con la carne de otros animales. A los animales que eran comidos por otros animales les concedió una gran fecundidad para evitar que su especie desapareciera.
Epimeteo, que no era muy listo, gastó, sin darse cuenta, todas las cualidades en los animales más brutos y dejó a la especie humana sin facultades.
Cuando llegó Prometeo para revisar el trabajo de Epimeteo vio a todos los animales armoniosamente equipados y al hombre, en cambio, desnudo, sin calzado, sin abrigo y sin armas para defenderse.
Se acercaba el día en el que los hombres debían vivir en la tierra y Prometeo que amaba a los hombres les concedió el fuego para que pudieran sobrevivir y les enseñó a respetar a los dioses. Los hombres, como estaban hechos a semejanza de los dioses, adquirieron la capacidad de articular sonidos, vocales, palabras y nombres, inventaron viviendas, vestidos, calzado y aprendieron a obtener alimentos de la tierra.
Un día Prometeo sacrificó un gran toro a los dioses e intentó, como siempre, favorecer a los hombres, aunque tuvo que engañar a los dioses. Para conseguirlo hizo dos partes con el asado. En un montón escondió la carne bajo una capa de huesos y tendones, en el otro montón puso el resto de los huesos y los cubrió con apetitosa grasa. Dejó entonces elegir a Zeus la parte que comerían los dioses. Zeus eligió el plato de huesos y Prometeo se quedó con el plato de carne para los hombres.
Zeus, enfadado por el engaño, quitó a los hombres el fuego.
Prometeo, apenado por los hombres, trepó al monte Olimpo y robó a Atenea la sabiduría de las artes y a Hefesto el fuego de su forja. De este modo recibieron los hombres los conocimientos y los recursos necesarios para conservar la vida.
EL CASTIGO DE ZEUS:
Para vengarse de Prometeo por esta segunda ofensa, Zeus ordenó a Hefesto que creara la primera mujer de la tierra.
Hefesto modeló con arcilla una bellísima mujer que se llamó Pandora. Cuando Zeus le infundió vida la belleza de Pandora impresionó a todos los dioses del Olimpo y cada dios le fue concediendo una cosa. Atenea la dotó de sabiduría, Hermes de elocuencia y Apolo de dotes para la música. El regalo de Zeus consistió en una hermosa caja, que se suponía contenía tesoros para Prometeo, pero le dijo a Pandora que la caja no podía abrirse bajo ningún concepto, lo que Pandora prometió a pesar de su curiosidad.
Pandora y su caja fueron ofrecidos a Prometeo, pero este no se fiaba de Zeus y no quiso aceptar los regalos. Para que Zeus no se ofendiera Prometeo entregó ambos regalos a su hermano Epimeteo y le dijo que guardara bien la llave de la caja para que nadie pudiera abrirla. Cuando Epimeteo conoció a Pandora se enamoró locamente y se casó con ella, aceptando la caja como dote.
Un día Pandora, que era muy curiosa, no pudo aguantar más, le quitó la llave a Epimeteo y abrió la caja, de la que salieron cosas horribles para los seres humanos como enfermedades, guerras, terremotos, dolor, hambre y otras muchas calamidades.
Al darse cuenta de lo que había hecho, Pandora intentó cerrar la caja, pero sólo consiguió retener dentro la esperanza que, desde entonces, ayuda a todos los hombres a soportar los males que se extendieron por toda la tierra.
PROMETEO ENCADENADO:El castigo de Prometeo fue horrible. Zeus ordenó a Hefesto que lo encadenara a una roca del monte Cáucaso, donde todos los días enviaba a un águila, hija de los monstruos Tifón y Equidna, para que se comiera el hígado de Prometeo. Como Prometeo era inmortal, su hígado volvía a crecer cada noche, y el águila volvía a comérselo cada día. Este castigo debía de durar toda la eternidad pero cuando habían transcurrido treinta años, Heracles pasó por el lugar de cautiverio de Prometeo de camino al jardín de las Hespérides y mató con una flecha al águila. Zeus perdonó a Prometeo aunque le condenó a llevar las cadenas y la roca durante toda la eternidad.
martes, 26 de junio de 2007
Mythologia 5: Perseo
Perseo era hijo del dios Zeus y la mortal Dánae.
Acrisio, rey de Argos, deseaba un hijo varón, pero sólo había tenido una hermosa hija llamada Dánae.
Cuando consultó al oráculo si podría tener hijos varones, éste le dijo:
Acrisio no quiso matar a su nieto, así que encerró a Dánae y Perseo en un baúl de madera y los echó al mar. Zeus ordenó a Poseidón que calmara las aguas del mar y el arca llegó flotando a la isla de Sérifos en cuya costa los encontró el pescador Dictis que los llevó a su casa y educó a Perseo como a su propio hijo hasta que se convirtió en un valiente y apuesto joven, dotado de todas las virtudes.
Polidectes, rey de Sérifos, se enamoró de Dánae nada más verla y todos los días le pedía que se casara con él, pero Dánae siempre respondía que ya estaba casada con el dios Zeus.
Cuando Perseo cumplió 15 años Polidectes pidió a cada habitante de la isla de Sérifos un caballo para ofrecer una gran dote a una princesa de Grecia con la que quería casarse.
Perseo fue a hablar con el rey Polidectes y le dijo:
- No tengo caballos, ni tampoco dinero para comprarlos, pero si prometes dejar de molestar a mi madre te traeré cualquier cosa, incluso la cabeza de la górgona Medusa.
Medusa había sido una bellísima mujer a la que la diosa Atenea había castigado convirtiéndola en una górgona, monstruo horrible con alas, enormes dientes y serpientes en lugar de cabellos. Si alguien la miraba se convertía en piedra.
Polidectes aceptó el ofrecimiento de Perseo porque pensaba que Medusa lo convertiría en piedra y así nadie le impediría casarse con Dánae.
Zeus ordenó a los dioses que ayudaran a su hijo Perseo a cumplir su promesa. Atenea le regaló un escudo tan pulido que reflejaba las imágenes como un espejo para que pudiera ver a Medusa sin convertirse en piedra y el dios Hermes una hoz muy afilada para que pudiera cortar la cabeza de Medusa.
Pero Perseo necesitaba algunas cosas más que guardaban las náyades de la laguna Estigia. Unas sandalias con alas para poder volar, un zurrón mágico para guardar la cabeza de Medusa y el casco del dios Hades que hacía invisible a quién lo llevara. Como no sabía dónde estaba la laguna Estigia tuvo que preguntar a las tres grayas, que eran tres viejas hermanas que vivían en el monte Atlas y sólo tenían un ojo y un diente para las tres y para poder ver y comer se los iban pasando de una a otra.
Perseo se colocó detrás de las grayas sin que lo vieran y les quitó su único ojo y su único diente. Cuando las tres hermanas le dijeron a Perseo el camino secreto de la laguna Estigia, éste les devolvió su ojo y su diente.
Cuando encontró a las náyades las amenazó con contar a todo el mundo lo feas que eran y dónde vivían si no le prestaban el zurrón mágico, el casco de la invisibilidad y las sandalias con alas. Las náyades le prestaron todas esas cosas y con ellas Perseo se fue a Libia, dónde vivía la górgona Medusa.
Gracias a las sandalias con alas y al casco que lo hacía invisible pudo llegar hasta la górgona sin que ella lo viera y mirando a través del escudo le cortó la cabeza con la hoz. De la sangre de Medusa nació el caballo Pegaso. Perseo recogió la cabeza y, sin mirarla, la guardó en el zurrón mágico y emprendió el camino de vuelta.

Cuando fue a darle las gracias a las tres hermanas grayas por su ayuda el titán Atlas lo llamó y le dijo:
- Dile a tu padre Zeus que como no me libere pronto de este trabajo dejaré de sujetar el cielo y el mundo se acabará para siempre.
Rápidamente Perseo le enseñó la cabeza de Medusa, Atlas se convirtió en piedra y formó la cordillera del Atlas.
Más tarde salvó a Andrómeda, una hermosa princesa, a la que había raptado un terrible monstruo marino. Perseo y Andrómeda se enamoraron, pero Fineo, rey de Tiro, quería casarse con Andrómeda y se presentó con su ejército para impedirles que se marcharan. Perseo sacó la cabeza de Medusa y los petrificó a todos.
Luego le regaló la cabeza de Medusa a Atenea y le pidió a Hermes que devolviera el casco, el zurrón y las sandalias a las náyades de la laguna Estigia.
Perseo y Andrómeda se casaron y se fueron a Argos a conocer a Acrisio, abuelo de Perseo. Cuando Acrisio se enteró que su nieto estaba a punto de llegar se fue de Argos y se escondió para evitar la profecía.
Perseo no pudo conocer a su abuelo. Pero un día que estaba participando en unos juegos deportivos, organizados por el rey Teutámides de Larisa, su abuelo Acrisio estaba entre los espectadores sin saber que su nieto era uno de los competidores. Cuando llegó el turno del lanzamiento de disco un golpe de viento desvió el disco de Perseo y partió la cabeza a su abuelo, cumpliéndose así la predicción del oráculo.
Perseo y Andrómeda vivieron felices muchos años y cuando murieron el dios Zeus los convirtió en las constelaciones que llevan sus nombres
Acrisio, rey de Argos, deseaba un hijo varón, pero sólo había tenido una hermosa hija llamada Dánae.
Cuando consultó al oráculo si podría tener hijos varones, éste le dijo:
- Tú no podrás engendrar hijos varones, pero tu hija Dánae tendrá un niño que te matará.
Para impedir esta profecía Acrisio encerró a su hija dentro de una torre de piedra y no dejaba entrar a nadie. Pero el dios Zeus la vio un día asomada a las almenas y se enamoró de élla, entonces tomó la forma de lluvia dorada para llegar hasta Dánae sin que nadie lo viera y pedirle que se casara con él. Dánae aceptó y tuvieron un hijo llamado Perseo.
Acrisio no quiso matar a su nieto, así que encerró a Dánae y Perseo en un baúl de madera y los echó al mar. Zeus ordenó a Poseidón que calmara las aguas del mar y el arca llegó flotando a la isla de Sérifos en cuya costa los encontró el pescador Dictis que los llevó a su casa y educó a Perseo como a su propio hijo hasta que se convirtió en un valiente y apuesto joven, dotado de todas las virtudes.
Cuando Perseo cumplió 15 años Polidectes pidió a cada habitante de la isla de Sérifos un caballo para ofrecer una gran dote a una princesa de Grecia con la que quería casarse.Perseo fue a hablar con el rey Polidectes y le dijo:
- No tengo caballos, ni tampoco dinero para comprarlos, pero si prometes dejar de molestar a mi madre te traeré cualquier cosa, incluso la cabeza de la górgona Medusa.
Medusa había sido una bellísima mujer a la que la diosa Atenea había castigado convirtiéndola en una górgona, monstruo horrible con alas, enormes dientes y serpientes en lugar de cabellos. Si alguien la miraba se convertía en piedra.
Polidectes aceptó el ofrecimiento de Perseo porque pensaba que Medusa lo convertiría en piedra y así nadie le impediría casarse con Dánae.
Zeus ordenó a los dioses que ayudaran a su hijo Perseo a cumplir su promesa. Atenea le regaló un escudo tan pulido que reflejaba las imágenes como un espejo para que pudiera ver a Medusa sin convertirse en piedra y el dios Hermes una hoz muy afilada para que pudiera cortar la cabeza de Medusa.
Pero Perseo necesitaba algunas cosas más que guardaban las náyades de la laguna Estigia. Unas sandalias con alas para poder volar, un zurrón mágico para guardar la cabeza de Medusa y el casco del dios Hades que hacía invisible a quién lo llevara. Como no sabía dónde estaba la laguna Estigia tuvo que preguntar a las tres grayas, que eran tres viejas hermanas que vivían en el monte Atlas y sólo tenían un ojo y un diente para las tres y para poder ver y comer se los iban pasando de una a otra.
Perseo se colocó detrás de las grayas sin que lo vieran y les quitó su único ojo y su único diente. Cuando las tres hermanas le dijeron a Perseo el camino secreto de la laguna Estigia, éste les devolvió su ojo y su diente.
Cuando encontró a las náyades las amenazó con contar a todo el mundo lo feas que eran y dónde vivían si no le prestaban el zurrón mágico, el casco de la invisibilidad y las sandalias con alas. Las náyades le prestaron todas esas cosas y con ellas Perseo se fue a Libia, dónde vivía la górgona Medusa.
Gracias a las sandalias con alas y al casco que lo hacía invisible pudo llegar hasta la górgona sin que ella lo viera y mirando a través del escudo le cortó la cabeza con la hoz. De la sangre de Medusa nació el caballo Pegaso. Perseo recogió la cabeza y, sin mirarla, la guardó en el zurrón mágico y emprendió el camino de vuelta.

Cuando fue a darle las gracias a las tres hermanas grayas por su ayuda el titán Atlas lo llamó y le dijo:
- Dile a tu padre Zeus que como no me libere pronto de este trabajo dejaré de sujetar el cielo y el mundo se acabará para siempre.
Rápidamente Perseo le enseñó la cabeza de Medusa, Atlas se convirtió en piedra y formó la cordillera del Atlas.
Más tarde salvó a Andrómeda, una hermosa princesa, a la que había raptado un terrible monstruo marino. Perseo y Andrómeda se enamoraron, pero Fineo, rey de Tiro, quería casarse con Andrómeda y se presentó con su ejército para impedirles que se marcharan. Perseo sacó la cabeza de Medusa y los petrificó a todos.
Luego le regaló la cabeza de Medusa a Atenea y le pidió a Hermes que devolviera el casco, el zurrón y las sandalias a las náyades de la laguna Estigia.
Perseo y Andrómeda se casaron y se fueron a Argos a conocer a Acrisio, abuelo de Perseo. Cuando Acrisio se enteró que su nieto estaba a punto de llegar se fue de Argos y se escondió para evitar la profecía.Perseo no pudo conocer a su abuelo. Pero un día que estaba participando en unos juegos deportivos, organizados por el rey Teutámides de Larisa, su abuelo Acrisio estaba entre los espectadores sin saber que su nieto era uno de los competidores. Cuando llegó el turno del lanzamiento de disco un golpe de viento desvió el disco de Perseo y partió la cabeza a su abuelo, cumpliéndose así la predicción del oráculo.
Perseo y Andrómeda vivieron felices muchos años y cuando murieron el dios Zeus los convirtió en las constelaciones que llevan sus nombres
domingo, 17 de junio de 2007
Frases de anime (segunda parte)
"Yo... solo quería ser un ninja mediocre, recibir una paga normal... casarme con una mujer que no fuera ni fea ni guapa y tener 2 hijos. El primero debía ser una chica y el siguiente un chico. Me retiraría de mi trabajo de ninja después de que se casara mi hija y mi hijo consiguiera un trabajo. Entonces podría jugar al Shougi y al Go durante los días aburridos y vivir libre de preocupaciones mundanas... Despues moriría de viejo antes que mi mujer. Ese es el tipo de vida que quería, pero me he esforzado demasiado, algo que no es normal en mi. Quería morir de forma normal. Me he metido en algo problemático..."
Shikimaru (Naruto)
Y sentir como caes, sentir como el aire negro entra tu pecho...
enlazar las cuencas de tus ojos y sentir el amanecer ciego...
morir es lo que siento, aunque en realidad no siento nada...
Elfen Lied
La increíble oscuridad que tanto presumes son tan solo sombras que desaparecen bajo la luz de la luna.
Kannazuki no miko
"En este mundo no hay dolor más grande que el saber que nadie te necesita."
Haku
"Todo lo puro se ensucia, todo lo sucio se purifica, todo lo malo se hace bueno, todo lo bueno se vuelve malo, todo lo que vive muere, todo lo que muere renace..."
Kikyou (Inuyasha)
"La música es una personalidad que sale de 6 cuerdas"
Eddie Lee (Beck)
Shikimaru (Naruto)
Y sentir como caes, sentir como el aire negro entra tu pecho...
enlazar las cuencas de tus ojos y sentir el amanecer ciego...
morir es lo que siento, aunque en realidad no siento nada...
Elfen Lied
La increíble oscuridad que tanto presumes son tan solo sombras que desaparecen bajo la luz de la luna.
Kannazuki no miko
"En este mundo no hay dolor más grande que el saber que nadie te necesita."
Haku
"Todo lo puro se ensucia, todo lo sucio se purifica, todo lo malo se hace bueno, todo lo bueno se vuelve malo, todo lo que vive muere, todo lo que muere renace..."
Kikyou (Inuyasha)
"La música es una personalidad que sale de 6 cuerdas"
Eddie Lee (Beck)
sábado, 9 de junio de 2007
Frases de anime
"La muerte no es el fin, es a lo sumo un cambio."
Budha (Los Caballeros del Zodíaco)
"Las flores nacen, despúes se marchitan, las estrellas brillan, algún día se extinguen, esta tierra, el sol, las galaxias y hasta el mismo universo algún día también se destruirán, comparado con eso, la vida del hombre no es mas que un parpadeo... un escaso momento, las personas nacen, rien, lloran, luchan, son heridas, sienten alegria, tristeza, odio, todo en un solo momento, y despúes son abrazados por ese sueño eterno llamado muerte"
Los Caballeros del Zodíaco
"No voy allá para morir, voy para ver si todavía sigo vivo o si ya he muerto"
Cowboy Bebop
"El futuro lo construye uno mismo, día a día y no deberíamos dejarnos influir por un destino predeterminado"
Escaflowne
"Cuanta más gente conozco, más quiero a mi perro"
One Piece
"De su crisálida, la mariposa flota"
Orochi (King Of Fighters)
"La llama de la vela alcanza su punto más alto justo antes de desvanecerse."
Mutenroi (Dragon Ball)
"El amor es maravilloso, no tiene forma ni peso, no sabemos si es grande o cuanta profundidad alcanza… muchas veces descubrimos que es amor solo cuando sufrimos por su causa"
Yukino Miyaksawa (Kare Kano)
"La libertad no es algo con lo que se nace, es algo por lo que se muere"
Gundam Wing
Budha (Los Caballeros del Zodíaco)
"Las flores nacen, despúes se marchitan, las estrellas brillan, algún día se extinguen, esta tierra, el sol, las galaxias y hasta el mismo universo algún día también se destruirán, comparado con eso, la vida del hombre no es mas que un parpadeo... un escaso momento, las personas nacen, rien, lloran, luchan, son heridas, sienten alegria, tristeza, odio, todo en un solo momento, y despúes son abrazados por ese sueño eterno llamado muerte"
Los Caballeros del Zodíaco
"No voy allá para morir, voy para ver si todavía sigo vivo o si ya he muerto"
Cowboy Bebop
"El futuro lo construye uno mismo, día a día y no deberíamos dejarnos influir por un destino predeterminado"
Escaflowne
"Cuanta más gente conozco, más quiero a mi perro"
One Piece
"De su crisálida, la mariposa flota"
Orochi (King Of Fighters)
"La llama de la vela alcanza su punto más alto justo antes de desvanecerse."
Mutenroi (Dragon Ball)
"El amor es maravilloso, no tiene forma ni peso, no sabemos si es grande o cuanta profundidad alcanza… muchas veces descubrimos que es amor solo cuando sufrimos por su causa"
Yukino Miyaksawa (Kare Kano)
"La libertad no es algo con lo que se nace, es algo por lo que se muere"
Gundam Wing
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