domingo, 16 de septiembre de 2007

Mono

Tengo mono.
Ya llevo varios días.
Y más en época de estrés.
Estoy estudiando y de repente me entra la necesidad.
Tengo mono por volver a tocar el teclado.
Hace ya casi dos meses que se me estropeó.
Hoy me ha entrado el mono y me he puesto a tocarlo sin sonido.
No es lo mismo pero sirve para paliar su pérdida.
A ver si acabo los exámenes y lo llevo a arreglar.

jueves, 13 de septiembre de 2007

X JAPAN

BLOOD IS JUST AN ORNAMENT, THE REAL PAIN IS DEEP INSIDE.

NO MATTER HOW MUCH YOU BLEED, YOU CAN'T FIND THE ANSWER.

NO MATTER HOW HARD YOU CRY, YOU CAN'T DRAIN YOUR SORROW.

MAYBE IT'S TIME.....TIME TO BELIEVE IN YOUR OWN EXISTENCE.

MAYBE IT'S TIME TO ROCK THE WORLD.

Estas palabras corresponden al mayor músico que he escuchado nunca, Yoshiki: pianista, baterista, compositor y productor. Mayormente conocido por ser el líder del ex-grupo de rock japonés X Japan.

Para aquellos que no conzcan el grupo aquí podéis oir una canción suya:



En 1997 Toshi (el cantante) anunció que quería dejar la banda; como consecuencia el grupo se disuelve, causando un gran estrago entre todos los fans del mundo y entre los demás componentes de la banda, que no podían ver a X Japan sin Toshi.
Meses más tarde, Hide (guitarrista de la banda) se suicida en una habitación de hotel.
Fans el mundo consternados. Este echo quebrantó las ilusiones de los fans por una banda que ya nunca volvería a reunirse.




Junio del del 2007:

¡¡Yoshiki anuncia el regreso de X JAPAN!!

X Japan, la banda de rock más grande de la historia de Japón vuelve a reunirse. No sé si ésta es una buena o mala noticia, la banda ya nunca más será lo mismo sin Hide, y los miembros del grupo parecen algo muy quemados para esos shows que nos tenían acostumbrados... pero bueno, al menos se me ofrece la oportunidad de asistir al concierto que más he deseado nunca (con la salvedad de Bustock).
Ahora sólo necesito que alguien me acompañe allá por donde pase la gira.

Enlaces:
X Japan en la wikipedia
Traducción de Forever Love

domingo, 9 de septiembre de 2007

Buenas noches señor monstruo

Navegando por internet me he dado de bruces con la película de mi infancia. Sin lugar a dudas la película que más veces he visto en mi vida, me acuerdo que llegaba por la tarde a casa del colegio y me la ponía en el vídeo, así a ojo más de 200 veces la habré visto :P
La película: "Buenas noches señor monstruo", interpretada por el grupo infantil Regaliz.

Argumento: 4 chicos se van de excursión con su colegio. Mientras están dando un paseo por el bosque se pierden y se pone a llover, para no mojarse deciden buscar un refugio y pasar la noche allí, que casualidad que lo único que encuentran es un castillo donde habitan El Conde Drácula, Frankestein, El Hombre Lobo y otros seres fantásticos.
Como véis una mierda de argumento donde se ponen todos a cantar y bailar y al final acaban por hacerse amigos de los monstruos.

Aquí dejo unos vídeos, atención a la aparición estelar del Piraña en el primero:






miércoles, 5 de septiembre de 2007

La masa no es masa porque sean muchos, sino porque no piensan

Por encima de todo, siempre creemos que tenemos razón, que la lógica nos acompaña. A lo mejor no es así. Pero a nosotros nos basta con creer lo que creemos. Y, en según que ocasiones, hablamos de esta manera:
-Lo bueno, lo verdaderamente bueno es lo que más tiempo tarda a imponerse, lo que más tarda en comprenderse, lo que a veces no llega ni a esa imposición o comprensión.
-Así, según tú, ¿son los mediocres y no los genios los que se impondrán?
-Con rapidez, sí.
-Eso no es natural.
-No es natural pero es lógico. Es la masa la que aplaude y la que aprueba. La masa es mediocre. Los mediocres captan antes lo mediano, la mediocridad, que lo superior. Lo asimilan mejor, y se comprende, pues si no fueran vulgares, adocenados, no ocuparían en la vida el puesto que ocupan, no serían como esa mediocridad que aprueban. Pero son ellos los que deciden, los que determinan a pesar de todo; cuando menos, momentáneamente.

Hay una juventud que aguarda - Francisco Candel

jueves, 23 de agosto de 2007

Bocanada de aire fresco

Verano del 2007, uno de los peores veranos de mi vida. No, no es que de repente me haya vuelto fatalista; tampoco es que el mundo se haya puesto en mi contra y me haya ocurrido alguna desgracia, es más bien ver cómo tu vida se empieza a desmoronar ladrillo a ladrillo sin que te des cuenta, y de repente un día ves que de tu casa no quedan más que escombros. Poco a poco veo como la argamasa que sujetan mis cimientos se va pudriendo.

Madrid, todo el verano en la ciudad de las ánimas sin rumbo. Puede que estar todo un verano en tu ciudad no sea lo peor que te pueda ocurrir; total, existen miles de formas de divertirse… pero no, mi Madrid no es el Madrid que conocía. Los amigos, sí aquellos de siempre, cada vez nos vemos menos y menos, si yo pensaba que el verano iba a servir para arreglar un poco la situación y vernos más a menudo la realidad es que ha sido más bien para todo lo contrario. La relación cada vez es más y más lejana, puede que sigamos teniendo confianza los unos con los otros, pero siento que no es como antes, veo que llegará un día en que ya apenas nos saludemos siquiera.

Universidad, sí, puede que este año sea uno de los que más hayamos estrechado lazos los unos con los otros, pero lejos está de ser un grupo íntimo. Cada persona tiene su “verdadero” grupo de amigos fuera de la facultad. No digo que nos llevemos mal, ni mucho menos, puede que salgamos de fiesta y todo ese rollo, pero no es el grupo de amigos donde vayas a contarles tus problemas mientras te tomas un café; eso lo echo en falta. También he de hacer un inciso, y es que he de decir que al menos con dos de ellos si me puedo considerar algo más acercado, aunque quizás eche de menos ver alguna película que otra más con ellos.

Puede que mi única solución sea el amor, aunque lejana faceta veo yo ésta. ¿Soy exigente? Eso dicen, aunque no, la realidad es que ya apenas se ven personas decentes. Sé que existen, pero es tan difícil encontrarlas que muchos ya piensan que no existen. Quizás debería hacer como la mayoría y arrejuntarme con una persona por la cual sienta afecto para compartir experiencias juntos, a la gente dice que le llena. Por desgracia soy una persona que siempre ha creído que para estar con una persona has de amarla.

Grano a grano, por algún lugar del camino el montón de arena ha ido desapareciendo, cruda realidad mayor que ver como de repente todo se te viene en cima, pues ahí al menos eres consciente de lo ocurrido y puedes poner remedio a tiempo.
Estoy deseando que llegue octubre y romper un poco con todo esto.

Saludos si es que existe algún lector que me lea.

miércoles, 15 de agosto de 2007

La noche de los feos - Mario Benedetti

I

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"¿Qué está pensando?", pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

"Sí", dijo, todavía mirándome.

"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

"Sí."

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

"¿Algo cómo qué?"

"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado."

"Prometo."

"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"

"No."

"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

"Vamos", dijo.



II


No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

domingo, 29 de julio de 2007

Ser o no ser

¡Ser o no ser; he aquí la cuestión! ¿Cuál es más digna acción del ánimo: sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades y darles fin con su atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza...? Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ver aquí el grande obstáculo; porque el considerar qué sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito, de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios, cuando el que esto sufre pudiera procurar su quietud con sólo un puñal? ¿Quién podría tolerar opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta, si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la muerte, aquel país desconocido, de cuyos límites ningún camino torna, nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan antes que ir a buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes: así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia; las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan y se reducen a designios vanos.

Hamlet